viernes, 28 de diciembre de 2007

A la espera del Año Nuevo





Doce campanadas anuncian los últimos segundos del año que duerme. Se encuentran las almas, se desvanecen oscuridades, emergen alegrías cubiertas de caramelo. Chocan las copas y en su sonoro encuentro se desean toda clase de fortunas. Ya no es momento para el recuento de alegrías o penas, sino para los doce deseos que en el fondo todos multiplican y los trillados propósitos que rara vez se cumplen. Importan sí, para hacer nuevos acuerdos o decretos de mejorar cada día.



Los cielos se visten de pólvora que estalla llenando la noche de color. Estruendosas explosiones de júbilo que recibe al año nuevo con esperanzas. Familias y amigos unidos en el calor de un espacio, con tradiciones y fiestas que no mueren, que desean seguir más que vivas. Puertas abiertas que dejan escapar a las calles de las ciudades sus aromas a cocinas de madres y abuelas que guisan incansables para los que aman.



Vinos espumosos que se desbordan de las botellas, abrazos fraternos y sinceros que se reparten entre una concurrencia que de pie espera el anuncio del primer segundo del año que nace. Se ama, se perdona, se desea, se sueña y se proyecta. Jamás se renuncia a al menos alguna de estas cosas.


Amnesia momentánea que paraliza los recuerdos o el dolor, peladilla que en la boca endulza el momento. Tradiciones que en extremos continentes viven por una noche una misma intención. Compañía y soledad, riqueza y pobreza, justicia e injusticia, bondad y maldad, todo ocurre inevitablemente pese a una noche de alegría. Nuestro planeta brilla intensamente, desde el espacio debe ser una hermosura mirar el resplandor de los festejos de fin de año. Tal vez mucho más que otras veces, hay luces alumbrando por el cielo y la tierra. Ojala brillase por absoluta pureza, por esperanza y verdad. Ojala fuera un brillo natural y espontáneo, permanentemente anunciando que hemos alcanzado la paz, la justicia y la igualdad.


Ahora ya sé qué pediré repetidas veces al comer las uvas: que todas las personas sin importar nacionalidades o diferencias, podamos unirnos en deseos y propósitos comunes por hacer de nuestro mundo este espacio ideal. Que seamos espirituales, que nos acerquemos a lo que creemos. Que seamos valientes para defender nuestros ideales, que sepamos luchar por ellos sin lastimar a nadie por el camino. Que tomemos conciencia del respeto a la naturaleza, que nos comprometamos a defenderla. Que amemos la justicia y la paz. Que dejemos de destruirnos con odios, prejuicios o discriminaciones personales, familiares, raciales y nacionales. Que nadie carezca de oportunidades de trabajo y calidad de vida. Que nadie padezca frío, hambre, pobreza, insalubridad, analfabetismo, etc.


Sé que esto no lo pediré yo sola. Tengo esperanza de que muchas personas todavía creen en ello y más. La lista es infinita, pero se vale aunque solo sea sumando una buena intención de estas mencionadas a los propósitos de adelgazar, hacer ejercicio, dejar de fumar y trabajar más o menos. Se puede, creo yo.


Tere García Ahued.

1 comentario:

Silvia dijo...

Sin duda, lo pediremos muchos y muchas, pero me temo que no seremos tantos y tantas los y las que lo practiquemos. Feliz año