martes, 9 de octubre de 2007

En la guagua



Hace tiempo que decidí no usar el coche para ir al trabajo. Tenía que salir de casa antes. Estaba tiempo y tiempo dando vueltas para buscar un aparcamiento. Ahora todo es más fácil. Frente a mi casa pasa la guagua, y dos cuadras por encima de la oficina también. Vengo sentado o de pie. Sin esfuerzo. Si acaso adosado fuertemente al barrote del techo para no caerme en las vueltas. Mirando el mar, las calles, la gente que camina, los coches que pasan, y, muchas veces, pensando en lo que pensarán los demás.


Escuchando otras veces lo que la gente conversa. La parienta que tiene malita y que no sabe si mañana va a seguir viva. Los sueños en encontrar otro puesto de trabajo pues donde está entra a las ocho de la mañana y sale a las 6.30 de la tarde, y casi sin parar. Su cara de hacer poco que está en la ciudad y, sin embargo, estar contenta porque aquí tiene trabajo. Hay uno que casi siempre protesta porque en su parada no hay marquesina donde cobijarse ni banco donde sentarse, a pesar de que ya ha escrito al Ayuntamiento.

A veces llueve, las gotas caen sobre los ventanales de la guagua. Todos vamos pensando la buena mojada que nos espera al bajar. Cuando salimos hacía sol, no estaba el tiempo para agua. Pero, por lo pronto, vamos a cubierto. Las gotas del rocío que se acumulan entre nosotros parecen dibujar a veces como pequeños espejismos, dibujos o imágenes que me recuerdan cosas de la vida.


A horas determinadas son jóvenes u adolescentes. Con enormes mochilas en sus hombros. Cargan allí libros, papeles, lápices. Me pregunto por qué los traen y los llevan todos los días doblando sus columnas. ¿Los usarán por las tardes en sus casas? ¿Por qué no tener un sitio donde dejarlos en el colegio de forma que traigan y vuelvan a llevar solo lo que usan? ¿No habría otros métodos que impidieran que niños de cinco o seis años carguen esas baldas?

A la vuelta con relativa frecuencia coincido con un grupo de adolescentes quinceañeros que salen del colegio. Se van todos a la parte de atrás. No hablan, gritan. Casi siempre a la misma vez. Pero se entienden. Parecen haber leído todos ellos a Charles Bukowsky. Emplean su mismo lenguaje. Sin pudor alguno, como la vida misma. Varios de ellos cuando pasan delante de la iglesia que están en el camino se santiguan.

En ocasiones no escucho nada. La gente entra y sale. Algunos hablan entre sí. Muchos se conocen o nos conocemos ya de hacer el mismo trayecto a la misma hora. Pero vengo abstraído en mis propios pensamientos, dudas u opiniones sobre el día anterior, sobre el día que llega. Y pienso que lo importante es dejarlos fluir sin que se apoderen de mí. Cada día me dirá lo que habré de hacer. ¿Para qué preocuparme del después, si no sabemos sino el ahora? A pesar de ello sigo soñando, no importa la edad ni el momento, y deseando que mis sueños vuelen en el universo y no caigan en el abismo. Que nada quede excluido y se convierta en pura tachadura.

Unas veces cómodamente sentado, otras firmemente agarrado al barrote para no caerme ni molestar a nadie, una guagua da para mucho, y el tiempo, al menos para mí, no es lento. Pasa volando con la gente a mi lado. Igual no conozco a nadie, sino solo de vista, pero no me siento solo. Y mucho menos hoy, que he visto en la acera a una niña que caminaba temprano descalza, con una mochila del cole al hombro, sin compañía alguna, pero como muy segura de a donde iba. Y era solo una niña. Las zapatillas, cosa curiosa, las llevaba colgadas a su hombro.

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